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SOLEMNIDAD DE
LA ASUNCIÓN DE MARÍA

 

1. Lecturas del día

1ª.-Apocalipsis 11, 19a; 1, 1-6a. 10ab : "Ya llegó la victoria, el poder y reino de nuestro Dios, y el mando del Mesías".

Dos figuras dominan este texto: la mujer y el dragón. La mujer representa al Pueblo de Dios que, aureolado por la fidelidad divina a sus promesas (el sol) , y apoyado en esas , supera las vicisitudes de los tiempos (la luna). Las doce estrellas que rodean a la mujer representan a los doce apóstoles. El hijo de la mujer es el mismo Cristo. Lla comunidad eclesial "da a luz", realiza históricamente a su Cristo.

El dragón rojo es la "serpiente primordial que se llama diablo o satán" (12, 9) y representa a las fuerzas del mal que actúan en la historia a través de los centros de poder (siete cabezas y siete diademas). Él es la fuerza que acecha al pueblo de Dios.

El enfrentamiento de la mujer y el dragón ofrece evocaciones de Gn 3, 15 con el triunfo de la descendencia de la mujer sobre la descendencia de la serpiente. El Pueblo de Dios vence la tentación de la serpiente con la obediencia a Dios. Por ser María la imagen más perfecta de la Iglesia, este texto es objeto de una lectura mariológica. La Vulgata vio en María la mujer fiel que con su fe pisó la cabeza de la serpiente: "Ella pisará tu cabeza" (Gn 3, 15 Vg).

 

2ª.- 1 Cor 15, 20-26 : Cristo ha resucitado, primicia de los que han muerto".

"Decir Yo soy mi dueño es el principio del infierno". Este es el pecado de Adán, por el que entró la muerte en el mundo. La vida entra con el Nuevo Adán, Jesús, que se hizo servidor de todos. Su vida de desprendimiento total es el origen de la vida y la victoria sobre la muerte.

Jesús, que no vivió para sí, tampoco resucitó sólo para sí. Resucitado, es el primer fruto de muchos hermanos, que han adoptado su vida. María ocupa el primer puesto entre "los que son de Cristo", porque ocupó el primer puesto entre los que siguen el camino de Cristo.

 

3ª.- Evangelio según san Lucas 1, 39-56 : "¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.... María dijo: proclama mi alma la grandeza del Señor, porque ha mirado la humillación de su esclava".

Dios se fija en el humilde, que es estremece ante su palabra, para establecer allí su templo (cf Is 66, 1-2). Ella es el arca de la nueva alianza, portadora de Dios a su pueblo.

El encuentro con Isabel es una liturgia de alabanza: alabanza al Arca portadora de la presencia de Dios; alabanza a María por su fe; y alabanza a Dios, origen de las obras grandes que realizó en la pequeñez de la esclava.

María es la bendecida por Dios desde el inicio de su concepción: "llena de gracia, el Señor está contigo"; felicitada por Isabel: "Bendita tú entre las mueres", "dichosa tú que has creído"; declarada dichosa por su Hijo: "Mas bien, dichos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen". La proclamación solemne del dogma de la Asunción por el Papa Pío XII en el año 1950 es la voz de la iglesia que ha través de los siglos reconoció que el Señor se fijó en la humildad de su sierva. Cele -brando a María, cumple su palabra profética: "Desde ahora me felicitarán todas las generaciones".

 

2. Comentario homilético

1. Grandeza y humildad de María. En las primeras páginas de la Biblia se denuncia la constante pretensión del ser humano por hacerse grande y divinizarse al margen de Dios, tratando de arrebatar una sabiduría que Dios sólo entrega "a quien le ama y reconoce", dominando sobre la vida del hermano, convirtiéndose en una humanidad de "superhombres" y pretendiendo entrar en la esfera de Dios, como los constructores de la torre de Babel. Es el pecado por el que entró la muerte en el mundo. La vida, en cambio, entró por la obediencia de Cristo, que no hizo alarde de su categoría de Dios, se despojó de su rango y pasó como uno de tantos, haciéndose obediente hasta la muerte.

 

Las primeras páginas del Nuevo Testamento presentan a María como imagen de la nueva humanidad restaurada por la obediencia de Cristo; y la primera lectura de esta fiesta evoca el triunfo de María sobre la tentación primordial del hombre. Ella, nueva Eva, se fió plenamente de Dios, cuya Palabra "hace lo que dice". Es la esclava de Yahvé, que al pronunciar "hágase en mí según tu palabra", se convierte en sierva de Dios y de los hombres : aceptando ser madre del "Salvador de los hombres", entregando con amor de madre al Hijo en la visita a Isabel, presentando el salvador a los pastores y la luz a los pueblos, desprendiéndose de Hijo en la presentación en el templo, y respetando la entrega de Jesús "a las cosas del Padre". Al pie de la Cruz está unida a la entrega del Hijo, participando con él en el supremo anonadamiento. La grandeza de María estriba en poner su vida al servicio de los Hijos de Dios. Escuchó y cumplió la Palabra de Jesús: "El que quiera ser grande entre vosotros hágase el último y el servidor de todos". La glorificación de María es fruto de se participación en el anonadamiento del Hijo.

 

2. Sierva de Dios y de los hombres en cuerpo y alma. La obediencia de María lo es en cuerpo y alma, con todo su ser. Decir "cuerpo" es hablar de mucho más que de un conjunto organizado de células. Es hablar de nuestro medio de expresión, de hacernos cercanos; es expresión de nuestra entrega y nuestra relación con los demás. No somos ángeles, sino seres humanos; también María. Ella vivió su entrega a través de su corporeidad: Dio su carne y su sangre al Hijo de Dios, hecho hombre; en su regazo presentó su Hijo a los humildes y a las naciones; e hizo de sus manos el altar donde ofreció en el templo su Hijo al Padre para que fuese nuestro. El cuerpo y alma siguió a su Hijo y estuvo con él al pie de la cruz. También en María se cumplieron aquellas palabras: "me has dado un cuerpo, aquí estoy para hacer tu voluntad".

Ella que participó con todo su ser en la entrega del Hijo, participa también de la transformación en el cuerpo glorioso de Cristo, que alcanza su plenitud en el reino del Padre, donde la muerte es definitivamente vencida.

 

3. María y la Iglesia. El prefacio vincula el misterio de la Asunción de María con la iglesia: "Ella es figura y primicia de la Iglesia, que un día será glorificada; consuelo y esperanza del pueblo de Dios peregrino hacia la patria". Prefiguración y primicia, pone ante nuestros ojos una vida de fe y amor encarnada en el trabajo, los gestos, las relaciones con los demás. Nada de esto podemos hacer sin comprometer todo lo que somos, cuerpo y alma.

Al mismo tiempo nos ofrece el consuelo y la esperanza de "que los trabajos de ahora no pesan la gloria que un día se nos descubrirá". Dios no deja corromperse en el sepulcro el amor que informa y transforma todo nuestro ser a imagen y semejanza de Dios. El ser humano, creado corporalmente es redimido también corporalmente. La nueva forma de ser, que nos otorga la gracia, no destruye la naturaleza, sino que la transforma. «Los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad; en una palabra, todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y trasfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal: ‘reino de verdad y de vida; reino de santidad y gracia; reino de justicia, de amor y de paz’» (GS, 39).

 

3. Palabra de Dios y Eucaristía

Comer el cuerpo de Cristo y beber su sangre implica una unión real con Cristo real y con su vida. Significa encarnar en nosotros su misma vida de entrega y servicio, y, por eso, participar ya de la incorruptibilidad del ser de Dios. La Eucaristía, que "nos da una prenda de la vida futura", fue vivida desde los primeros tiempos como "medicina de inmortalidad", antídoto para no morir, sino para vivir por siempre en Cristo (S. Ignacio de Antioquía). Beber la sangre de Jesús nos hace partícipes de la incorrupción del Señor (S. Clemente de Alejandría) de la iglesia como "remedio incorruptibilidad y medicina de inmortalidad".

Fr. Eliseo Rodríguez, o.p.
Convento de S. Esteban. Salamanca.

 

Orden de Predicadores - Familia Dominicana