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DOMINGO XXI
DEL TIEMPO ORDINARIO

 

 1. Lecturas del día

1ª. Isaías 22, 19-23 : "Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá".

Este texto forma parte de una larga cadena de oráculos contra diferentes pueblos, incluso contra Israel y Jerusalén (Is 13-23). En este contexto está incluido el oráculo contra el mayordomo del Palacio del rey Ezequías. A través de estas palabras proféticas se proclama el cuidado de Dios por su pueblo: esto es lo que constituye lo esencial del mensaje del profeta. Cambiarán las circunstancias y los elementos históricos, pero no la fidelidad de Dios. Por eso el texto es portador de una esperanza que se cumple en Jesús (Ap 3, 7) y se perpetúa en la historia a través del ministerio confiado a Pedro, a quien Jesús entrega la llaves de la familia de Dios. El Salmo responsorial es por eso un himno de acción de gracias a Dios por su misericordia y su lealtad.

 

2ª.- Carta a los romanos 11, 33-36 : "¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! Él es el origen, guía y meta del universo. A él la gloria por los siglos".

Este párrafo es el himno con el que Pablo concluye la parte dedicada al destino de Israel (Rom 9-11). En la visión de Pablo el endurecimiento de Israel es parcial y será temporal; forma parte de los caminos de Dios, que no son nuestros caminos, para facilitar la entra de los gentiles en el pueblo de Dios. Precisamente esa visión de la historia es la que motiva el cántico a los designios de Dios, que son designios de generosidad y de sabiduría.

En el contexto de la liturgia de este domingo, usamos este texto como alabanza al Padre, que se revela a sus Hijos, a los pequeños y sencillos.

 

3ª.- Evangelio según san Mateo 16, 13-20 : "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo".

El punto central de este evangelio es la confesión de la identidad de Jesús, Hijo del Hombre e Hijo de Dios vivo, y la promesa de la edificación de la comunidad de los creyentes sobre Pedro y los discípulos, que reconocen y confiesan el misterio de Jesús. Este texto es central en el evangelio de Mt.. Está en sintonía con la voz del cielo en la teofanía que siguió al Bautismo (3, 17) y reiterada en la Trasfiguración (17, 5).

En la confesión de Pedro está proyectada la fe madura de la Iglesia primitiva, profesada después de la muerte y resurrección del Señor. Hasta ese momento su confesión era aún imperfecta, como puso de manifiesto la dificultad de Pedro para aceptar el camino de humillación de Jesús

La confesión del misterio de Jesús, revelado por el Padre,

a) hace acreedor a Simón, hijo de Jonás, hijo de hombre, de un nombre nuevo, Roca, Piedra firme sobre la que Jesús construye el Nuevo Pueblo de Dios. En el Antiguo Testamento Roca es un título de Dios. El israelita se refugia en Dios como en un alcázar, a salvo de las "oleadas de la muerte", "de las redes del abismo", de los enemigos que lo asedian. Simón, hijo de Jonás, hijo, por eso, de hombre, es hecho partícipe de la fuerza de Dios y de Cristo;

b) lo constituye en mayordomo de la familia con el símbolo de la entrega de llaves,

c) y en intérprete autorizado de lo que implica confesar a Jesús, Mesías, Hijo de Dios vivo. Los maestros de la Israel "ataban" y "desataban" declarando lo que era lícito o ilícito, obligatorio o no obligatorio mediante la interpretación de la Ley. La acogida del revelación del Padre y la proclamación del misterio de Cristo, que encierra todo el saber, hace partícipe a Pedro de la sabiduría para ser intérprete no ya de una Ley, sino de lo que encierra el misterio de la persona de Cristo, Camino, Verdad y Vida.

 

2. Comentario homilético

"Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y el conococimiento que nos manifestaste por medio de tu siervo Jesús. A ti sea la gloria por los siglos. Como este pan estaba disperso por los montes y después, al ser reunido, se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino. Porque tuya es la gloria y el poder por Jesucristo eternamente" (Doctrina de los doce apóstoles)

1. Lo que "se dice" y lo que el Padre revela. El interrogatorio de Jesús a sus discípulos se dirige a cada uno de los que forman la comunidad reunida en el Nombre del Señor: "¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?" "¿Quién decís vosotros que soy yo?" Son palabras que esperan de nosotros una profesión de fe personal y responsable.

La confesión que Pedro hace en nombre de los discípulos, "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios Vivo", está colocada entre lo que el hombre puede percibir con sus capacidades sobre el misterio de Jesús y lo que el Padre revela sobre su Hijo.

El misterio de la persona de Jesús fue objeto de diversas interpretaciones, desde el principio. En el ámbito religioso judío quedaba disuelta en una especie de "reencarnación" de una gran figura del Antiguo Testamento (Juan Bautista, Elías, Jeremías o uno de los profetas), sin dejar de ser por eso un precursor más del Mesías. Pero , si repasamos la historia, la figura de Jesús no ha dejado de asombrar ni tampoco de ser asimilada a otro tipo de personajes , por ejemplo, a Sócrates o Buda, o a algunos pacifistas o revolucionarios, o a grandes moralistas o grandes místicos. Simplemente un hombre extra-ordinario. Cada cultura o cada movimiento ha querido proyectar su imagen sobre Jesús. La tentación de modelar a Jesús a nuestra imagen va pareja a la de modelar a Dios a semejanza del hombre.

El evangelio enseña que el conocimiento de la identidad de Jesús, Hijo del hombre e Hijo de Dios Vivo, no es un producto de nuestras proyecciones, sino un don del Padre: "Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo". Palabras son eco de la oración de alabanza que Jesús dirige al Padre: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla..., nadie conoce al Hijo, sino al Padre; y nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar" (Mt 11, 25-27). Por eso la bienaventuranza dirigida a Pedro lo coloca entre la gente sencilla.

De esta forma, Jesús revela y educa. Revela que el conocimiento de su persona sólo puede ser don del Padre; y educa, porque esa verdad sólo se puede recibir en actitud de humildad: la persona de Jesús no es lo que yo quiero que sea; yo no la creo; se me ha dado como gracia y la recibo como don.

 

2. Convivir y amar, camino para una fe responsable. "¿Quién decís vosotros que soy yo?". Una pregunta de este tipo se refiere directamente al conocimiento de una persona, en este caso la persona del Hijo del Hombre, que aparece ante nuestros ojos como el siervo de Dios, anonadado, y que "pasó como uno de tantos". La respuesta que espera Jesús no es lo que "se dice", sino la respuesta personal y responsable del creyente. Una respuesta de este talante no se puede dar si falta la convivencia con Jesús.

Toda persona es mucho más de lo que aparece; guarda una identidad, y un misterio en el que sólo se entra cuando se convive con ella y se la ama. El conocimiento del misterio de Jesús no se sustrae a este camino, más aún lo exige en mayor plenitud por cuanto Dios quiso revelarse en un trato de amistad y convivencia con el hombre: "Dios invisible, movido de amor, habla a los hombres como amigos, y trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía" (Dei Verbum, 2).

A través de la convivencia y el amor a Jesús, el Padre va abriendo a los discípulos el conocimiento de su Hijo. El amor sostiene la convivencia, y ésta acreciente el conocimiento.

 

3. Fe en Jesucristo e Iglesia. El testimonio de la fe es inseparable del testigo. Por lo mismo, Pedro, y no sólo la fe confesada por él, será el fundamento sobre el que Jesús edificará el nuevo Pueblo de Dios. La fe de los creyentes en Jesús, Hijo del Hombre e Hijo de Dios, no sólo es la misma fe que profesan Pedro y los apóstoles, sino también profesión de fe con Pedro y los apóstoles. "Un cristiano solo no es cristiano" (Tertuliano). La nueva comunidad de creyentes es, de este modo, verdadera familia, casa de Dios: "Estamos fundamentados sobre los apóstoles y Cristo es la piedra angular".

El ministerio martirial conferido a Padre y a los apóstoles, unidos a él, se actualiza en la iglesia, que perdura en la historia, a través del ministerio del sucesor de Pedro y de los obispos en comunión con él, como principio visible y perpetuo fundamento de la unidad de la fe y de comunión de todos cuantos son miembros del Pueblo de Dios.

 

3. Palabra de Dios y Eucaristía

La confesión de fe reúne a los creyentes en un solo pueblo, hogar y familia de Dios. Este pueblo confiesa con Pedro: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo", y escucha también la palabra de Jesús: "esto no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en los cielos". El conocimiento de Jesús y la vida que nos da este conocimiento son un don del Padre.

La celebración eucarística es, por eso, una acción de gracias al Padre por el don siempre presente de su Hijo. Una de las oraciones eucarísticas más antiguas decía: "Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y el conocimiento de Jesús. A ti la gloria por los siglos". La plegaría eucarística comienza siempre con un himno de alabanza y de acción de gracias: "En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias, Señor, Padre nuestro ...por el don de Jesucristo", y termina con la gran alabanza: "por Cristo con Él y en Él, a ti Dios Padre en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria". Estos himnos de alabanza son otras tantas articulaciones de la Palabra de Dios que en este domingo hemos proclamado en la lectura paulina.

 

Fr. Eliseo Rodríguez, o.p.
Convento de S. Esteban. Salamanca.

 

Orden de Predicadores - Familia Dominicana